Silvio Mattoni

TRES POEMAS DRAMÁTICOS

 

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TRES POEMAS DRAMÁTICOS

Silvio Mattoni

OSCURA NOCHE EN DUELO

Las calamidades

Los faros del auto iluminan la ruta.

¿Cómo podremos decir lo que debe ser dicho,

si cuatro amigos viajan, perdido el tiempo

en que se visitaban? Largo y viejo

es el auto: la edad de las visitaciones

se ha ido con los éxtasis. Ni la más pequeña

de las lágrimas cabe en las palabras.

Los conduce la noche, si no el sombrío

encierro de esa cápsula arrojada

en el camino, a hablar, ¿con qué propósito?

Uno por uno, aunque se dirigiesen

a los demás, siempre sería uno.

El presente, en efecto, es igual para todos,

pero lo que se pierde nunca lo es:

así el instante de sus palabras permanece

virtual y simplemente separado del resto.

1

Maldice el día en que se detuvo

¿Quién puede prever lo que va a pasar?

¿Quién, saber lo que le espera? Yo tuve

la esperanza acuática de mi destreza

en el arte de pintar. Mezclaba entonces

cada tono, finísimas láminas, efectos

de luz y sombra. Pero los años

no me dieron la medida exacta

de mi trabajo. ¿Adónde están ahora

mis potencias? ¿En qué lugar se decidió

poner un límite a mis manos? ¿Tuve

algo, alguna vez? Recuerdo, amigos,

a una chica pálida y diminuta

que hablaba muy despacio. La quise,

vivimos juntos cuatro años. Al pintar,

su cuerpo era un remolino vacilante

sobre un banco de madera. Cuando se fue,

supe que yo no sería nada, apenas

un mediocre artesano, uno de miles,

preparando un futuro ajeno. ¿Adónde

se cortó ese hilo que me sostenía

del cielo? Entonces yo flotaba y ahora

me hundo en los más oscuros pozos,

en la inmovilidad, en la repetición

más anodina. Las aguas del destino,

¿pude haberlas surcado? ¿Había un barquero?
¿Qué hice mal? ¿Qué moneda olvidé,

cegado por el velo de mi juventud? Amigos,

ustedes no pueden saberlo, pero pienso:

¿habrá aún esperanza para mí?

didascalia

Su mano izquierda sostenía el volante, llevándolo

con muy ligeros toques. La forma de su rostro

era el efecto de una causa ausente, unas gotas

que habían caído por su frente, bordeando

la nariz y la boca, una condena perpetua

cuyo origen se perdía en la ruta desierta.

Maldice el día de su nacimiento

No hubiera podido, amigos, desaparecer

de otro modo. ¿Cómo creer, entonces,

en mis pasajeras decepciones? ¿Cómo

no ver ahí las huellas de una desesperada

vitalidad? Cada uno de mis cuadros

era una advertencia cuya luz, tan precisa

cuando el pincel corría veloz y claro,

se hacía al tiempo gris, densas tinieblas

de mis imitaciones transparentes, surgiendo

del fondo de la tela. Y ella, cansada

de mis preguntas, preparaba en silencio

sus enormes bastidores. ¿Estuve cerca

o nadie más que yo experimentaba

el engaño? ¿Qué decidió el momento

y el lugar de mi nacimiento, del destello

fatuo, apagándose antes de mi muerte?

¿No son pocos mis días? Amigos, ¿no son

un parpadeo del cielo, un guiño cómplice

que casi sorprendí? Ustedes me dicen

que soy bastante bueno, pero entonces,

¿por qué alguien puso en mi cerebro opaco

una chispa extinguida, una imagen vacía

o una pintura blanca que se quema

en la vanguardia del olvido? Si ya no hago

sino decorar salas, si repito, si miento,

¿dónde, pues, estará ahora mi esperanza?

2

Maldice el día en que se desplazó

Hace casi diez años, estuve, amigos,

con una hermosa chica. Meses

había pasado mirándola, en secreto;

luminoso secreto: ella lo supo.

Mis labios lo decían, mis palabras

rebotaban alegremente en las paredes

pálidas del barrio. Pero yo,

triste, esperé hasta que un gesto

mudo la puso ante mí. Entonces,

durante unas semanas, cometía

los más impropios silencios, roces

de mi cuerpo cristalinamente torpe.

Hasta que un día me fui de una vez

y para siempre. Cuánto tiempo

tardó su ausencia en golpearme.

Y cuán inesperado sería el golpe.

Nadie puede asestarlo, si bien yo

lo esperaba en silencio. Un año

después de mi separación imprevisible,

la noche daba sombras a mi memoria

incierta, cuando vi, tumultuosos,

a una banda de tipos corriendo

hacia mí, pero mi cuerpo, inmóvil,

no se apartó. Fui golpeado. La sangre

se deslizaba por mi cara. Luego, solo,

traté de caminar y tomé un taxi.

¿Qué me impedía pronunciar ni siquiera

una sola frase de dolor? ¿Por qué

es más grave mi llaga que mi gemido?

didascalia

Su voz maniática colaboraba,

desde el asiento trasero, en diagonal

a la melancolía del conductor,

con trazos más vívidos, calmando

la expectativa del inicio, incierto, pero,

también acentuando el fondo oscuro

adonde se destaca la juvenil belleza

de su pérdida. Tras sardónica mueca

de nervios excitados, aunque sin el más mínimo

resentimiento, se despega el recuerdo

de su rostro, inquieto, como una lámina

de escena impresionista con muchacha

de espaldas. Él mira, no su expresión,

sino la del pintor que maneja y escucha.

Maldice la condena de sus ignorantes días

Hubiera yo expirado, amigos,

feliz en ese instante de gratuito

escarnio, y ningún ojo, nadie

habría dado una lágrima por mí.

Desde entonces, vivo en el temor

insano de volver a verla, su pelo

castaño brilla en cada chica

que me ofrece su espalda, paro

de caminar y pienso: ¿cómo

podría hablarle? ¿Cómo explicar

mi ausencia? Las frases se disponen

una por una, pero sé que no es ella,

y aun cuando lo fuera, en el silencio

está mi casa, en la oscuridad,

mi habitación. Quisiera ser distante,

recordarle, sonriente, nuestros errores:

que yo olvidaba la forma de su puerta

y, en exceso de amor, llegaba tarde.

Amigos, hubiera yo fallecido,

o fallado, antes de saber

que nunca en un oído mis palabras

se volverían mansas. Debería, entonces,

cuando los golpes me hacían insensible,

mis labios deformados, mi rodilla

hinchada y tumescente, debería

haber sido sacrificado al llanto,

breve y sin causa, más bien

con su propia razón, ya no por mí,

sería vano creerlo, de una hermosa

chica perdida: para mí, una marca

de la vasta desolación que me esperaba.

3

Maldice el día en que fue quebrantado

Les digo que mi voz se alzó entonces

de un dolor del camino y visitó

la noche, entre sombras. La suya,

que apenas empezaba a conocer, la vida

es un conocimiento insuficiente y breve.

Mi amor por ella, ausente, tan extenso

como un mapa del todo. ¿Cómo, si años

no bastan para saber en qué pensaba

cuando se distraía, la vista fija

en un lugar minúsculo, cómo, díganme,

resignarse a la muerte? Ya no debo

dejar que de mis labios broten sombras

de muerte. Están posadas, viven

esos microfantasmas en su cama,

antes mía, o en el brillo nocturno

de su espejo en mi insomnio. ¿Para qué

hablar ahora? Si muriéramos todos,

viajaríamos alegres, nada perdido, nada

que perder. Perdonen que les diga

algo que nadie puede oír. Ni yo, disculpen.

No tengo lágrimas con que amenguar

la rigidez de mis palabras. ¿Quién era

ella? ¿De qué hablábamos siempre,

de qué irrecuperable frase me perdí al callar

definitivamente? ¿Por qué de sus palabras

nada queda? La cápsula vacía flota

por nuestra casa y creo, todavía,

saber cuándo se acerca. Y después,

apagaré todas las luces y esperando

haré mi cama en las tinieblas.

didascalia

Junto al solitario, el viudo, ¿no es

acaso un solitario atravesado

por la falta de culpa? Cuántas veces

vio en su falta un presagio

del fulgor del destino. Ahora mira,

más allá de la nuca del pintor, blancas

líneas de puntos, volviéndose inflexiones

de su remoto pasado, continuamente

cortado por el hueco, absorbente vacío,

tanto que su nombre se hace sombra

de muerte, su cuerpo, una tumba

de la ausente: no hay separación

para quien vive, sino deslizamiento.

Maldice las sugerencias de reemplazo

Muchas veces, amigos, me repito

que ella se fue, y partiendo

sin mí, quedó conmigo. Sin embargo,

su movimiento me dejó sin mundo.

¿Para qué mundo?, me dije, luego

de diez años de espera, lento olvido

que no viniste. Sé que nadie nunca

se levanta del sepulcro. ¿Por qué

busco, entonces, su cara en cada uno

de mis fúnebres sueños? Cuando se desvanece,

licuada, la tiniebla espesa, también ella

se va. Duermo mientras camino, salgo

a trabajar, hasta que al fin la noche

nos restituya. Pero, ¿es una ficción, una

"forma de decir"? ¿Es su recuerdo algo

presente o un efecto grabado

en mi cuerpo que tomó, a su muerte,

su indeleble dibujo? No sé, amigos, porqué

una intensa indignación me invade

cuando me dicen que me case o que busque

otra mujer desconocida. ¿Cómo desear

esa perversa máscara, fingir allí

donde se olvida el propio cuerpo? ¿Cómo

buscar, en otra, una, borrar

la irrepetible valía de la única vez

que ella vivió? Si fue conmigo, entonces

no puedo más que oír sus tenues pasos

en el vacío de una casa dedicada

a su partida, inconclusa. Amigos,

podré olvidar su agonía, su inconciente

coma ante el horror hospitalario

que me acogió, pero su risa y su pereza

matinales, el calor de su cuerpo recién

despertado, las noches de lecturas escuchadas

de mi boca, si no las puedo ya nombrar,

no caben en número, cómo podría

despegarlas, cápsulas de cristal abiertas

como ventosas sobre mi espalda

para siempre, hasta la última costumbre.

4

Maldice una pérdida de la que no puede hablar

Yo puedo decirles algo, amigos,

que casi sella mis labios. ¿Saben

cómo un lamento parece acallarse

para después volver? Recuerdo ahora,

crucecitas de madera que hice

en mi infancia, sobre cadáveres

de insectos, de sapos o gusanos,

que yo mismo maté. ¿Pondría una

sobre lo que perdí? Pienso también,

no quiero hablar, en medio de la noche

de este viaje cuyo destino

se vuelve incierto en mi memoria,

no quiero pronunciar esas palabras

que sé demasiado bien. Diez años,

casi toda mi vida entonces, tuve

una perrita, y a su muerte,

en las afueras de la ciudad, quise

enterrarla y no pude. Mis lágrimas

se habían secado en la certeza

de su desaparición total. Cavé, pero

no logré atravesar esa compacta

y árida superficie. ¿Qué haré,

ahora, amigos, si mi dolor

ya no es de este mundo? ¿Adónde

se depositan, invisibles, cada una

de mis furtivas lágrimas? Luego,

todo me fue concedido: el amor

y la belleza, la extrema lucidez

para verlos surgir desde el vacío

de mi ciudad natal. Pero, ¿cuándo,

en qué instante toda esperanza

empezó a abandonarme? Un amigo,

un secreto modelo para mí, escaso

tiempo duró. Apenas llegué a hablarle,

nunca supo, nunca podrá saberlo ya,

cuánto atendía yo a sus frases, cuánto

quise seguirlo. Su muerte me enseñó

que el tópico del dolor nunca se agota,

ni aun pronunciado desde el borde

de un naufragio absoluto. Amigos,

fue el amargo principio de mis dones.

didascalia

¿Qué mira el cuarto, en su asiento

de acompañante, cuando es

en verdad acompañado

por los demás? ¿Qué oscura

claridad se dispersa de sus frases

en la cadencia de un ritmo

recién descubierto? Mirando afuera

de la cabina sombría, les hablaba

de brillos incumplidos a esos amigos

que ahora, al fin, veían cuánto

dolor cabe en palabras, escuchando

sus propias penas en el infinito

temblor de aquella voz no temperada.

Maldice el azar, no la arbitrariedad, de todo

El silencio de ustedes me conmina

a decirles por fin que mi secreto

es excesivamente lábil. Mis palabras

son dos estacas clavadas en mi cuerpo:
una, detiene mi voz y la transforma

en ronco balbuceo, atraviesa la otra

mi pecho a veces, cuando no mis manos.

¿Haré una cruz de madera, amigos,

para una tumba imposible? Yo iba

a casarme. Frágilmente buscábamos,

ella, el espacio de sus sobresaltos, yo,

la celda de mi persistencia. Siempre,

pedíamos dos piezas. Habíamos visto

en una pantalla verde, un error

de la emblemática, una especie

de óvalo más opaco. Nos dijeron

que eso era el origen de alguien

al que empezamos a esperar.

Preferiría no decir el nombre

que le dimos, amigos, mis elipsis

no buscan sino evitar, calladas,

que mi relato se interrumpa. Luego,

vimos otra pantalla y se nos dijo:

"detenido y muerto". A los pocos días,

ella expulsó, para usar las palabras

que quedaron grabadas para siempre

en mis oídos estremecidos, expulsó

algo. Yo no lo vi. Sólo escuché

que era como una pelota de tenis

pero muy blanda, él o ella, apenas

un coágulo de sangre sin sentido.

Amigos, cuando me quedo solo,

mis pensamientos vuelan en esa casa, esporas,

partículas del polvo que cubre mi cabeza,

entonces sólo miro, y ya no puedo

apartar la visión, esa pieza de más, su vacío

retiene mis ojos, la habitación

de ese hijo nonato que perdí, abatido

por una flecha tan ciega como yo.

didascalia

Viajando por el desierto, con sus ojos

escuchando las voces de los muertos. Boca

del despojado acompañante que une

pañales y mortaja: apariciones de hilos

sosteniendo un lamento desde el cielo

negro. Pues no hay dónde posar la vista

sino en recuerdo de muerte. El viaje,

aunque arduo, debe hacerse, a todos

la extrañeza de la ruta espanta. Cuatro

en el auto, no son jinetes del fin, sí brillos

en una ausencia de líneas para la aurora

luminosa y difusa, acercando al amigo

y al compañero, con el fin de la amnesia

que saque de la penumbra a los difuntos.

Bendice su propio lamento

Me dicen que no es nada, a mí, ciego

que esperó la luz y no vino, ni aun

los párpados de la mañana, estoy

como los pequeñitos que nunca vieron

la luz. ¿Cómo, amigos, podría perder

a quien no ha vivido? Ningún rastro

quedó de esa espera, cuyo fin

era el eterno presente de su ausencia.

Su llanto inexplicable, sus pasitos

inútiles, sus primeros balbuceos

en el idioma que uso. Diferencias

poco a poco nacidas de su nada,

única, haciéndose todo. ¿Cuántas

cosas negaría en mí? Si niña,

mi torpe persistencia masculina,

si varón, mis letras y mi nombre.

Pero no me dirijo, amigos, al azar.

¿Cómo podría hablarle? Escucho

en mis palabras cómo mi memoria

hace marcas ahí donde nada

pudo asentarse. Recuerdos, puntos,

para la ruta de ambos, él o ella,

muertos sin ser ninguno, de un golpe

funesto de dados. ¿Qué agradezco,

ahora, amigos, si no este viaje

en que el dolor se cumple y la memoria

encuentra que algo cabe, muy poco,

pero algo, en las palabras? Cada instante

de una vida incumplida, ¿no se mide

con el olvido del mundo, el abandono

recortando las posibles vías, pocas,

que se le habrían dado? Amigos,

que se oscurezcan las estrellas y la luna

no nos dé sino sombra. Sepamos

cultivar el decoro de una vida, siempre.

Epílogo

Dos granos de luz roja, perdiéndose

en la sombra nocturna, tras el paso

del largo y viejo auto, que devino

fúnebre, hasta que el día, al fin,

ponga frenos al llanto, ya que no término.

¿Tendrá un límite el profundo pozo de tinieblas

donde el auto se sume? Desde esta elevación,

se ven parpadear luces que nada significan.

SELVA SELVAGGIA

No sé si aún no había empezado

mayo a dar sus noticias. El verde

resplandecía allá abajo, sobre el río,

seguramente helado. Desde un pórtico,

donde esperábamos la jugosa carne

asada, sentíamos un aire de gozoso

suplicio, con el roce del áspero vino

deslizándose por nuestros cuerpos a la sombra,

mientras se vuelve violáceo, barba rala,

el asador al sol. Quizás también

esperábamos que alguien dirigiera

la conversación en algún sentido propicio

a nuestro ánimo elevado, tanto

que temíamos caer súbitamente. Así,

oíamos música non cantabile y el silencio

parecía escaparse de sus pausas

hacia nuestras bocas, ya manchadas

por el tinte rojizo del vino. Suavemente

nos hundíamos en los sillones, los afortunados,

los demás en sus sillas, o en la verja

de ladrillos, acariciaban ramitas verdes

con distraído asombro. Olvidábamos todos

nuestras míseras culpas, puro simposio

de tres generaciones varoniles, inermes

ante el paso presuroso de los días. Campo

que ocasionalmente, creíamos, nos daba

una fiesta, un reposo. Recordábamos,

en silencio, variaciones que nunca

saldrían de nuestros labios. Al fin, Gustavo,

cuyo pelo apiñado parecía extrañar

sus usuales sombreros, me preguntó

por la causa indecible, fuente pura

de mi silencio, por el duelo que un viaje

a través del viejo Libro, muchísimo

tiempo después, haría transmisible, sólo

en parte. Yo respondí, breve, y la sorpresa

de encontrarse de repente ante la muerte

a todos confundió en inaudible murmullo.

No un ánimo, de nuevo, antes bien un deseo

que nos había llevado a esa reunión

campestre, como emblema de todas

nuestras vidas, dedicadas, y a veces abatidas

con el amargo trago del fracaso, al mismo

piélago de deseos, que ahora centelleaban

como piedritas en ese río. ¿Adónde,

hubiéramos querido preguntar, a qué negro

destino nos dirigimos? Pero fue ese deseo,

tan múltiple sin embargo, en nuestra

incipiente charla, apareciendo, en ese

dolor del que nadie habló, en respetuoso

y unísono silencio, como saliva en bocas

ávidas de delicioso asado. Más tarde

tendríamos motivos para hablar, si bien menos

que los flotantes para oír, ahí,

en ese grupo de aislados hombres, entre ellos,

el rumor incesante del arroyo, la rítmica

memoria que nos salvaba del olvido, o casi,

pues nos salvaba de la muerte, no del morir.

Oscar empezó a hablar, ya la comida

había cedido su lugar al humo blanco

del tabaco, nuevas botellas, ilimitadas casi

en número, nos despertaban y, atentos,

escuchamos las palabras del viejo. El rubor

de lo que no decía coloreaba sus mejillas

entre la barba y el pelo, blanquísimos.

¿Como la nieve? No, ¿dónde la encontraríamos,

bajo ese sol? Antes bien, materiales

tejidos por el artificio de un invierno

aún lejano. Al escucharlo, creo, rogamos

a nuestros dioses particulares, inconcientes

y privados de una fe que les debíamos

en laxa gratitud y cuyo rito, esa tarde,

quizá sospecháramos; sí, rogamos

que nunca, nunca, tuviéramos que ver

el final de ese otoño que en su voz,

pausadamente poderoso, resonaba

en nosotros. Atentos, para hablar, cuando

pudiéramos negarnos a creerle, y él tocara

entonces, con sus largos dedos pálidos,

la vibración de tímpanos entre sus palabras.

"Yo era muy joven, veinte años, los ojos

me brillaban entonces de deseo." "¿Y ahora?",

dijo Kuky, "¿no?" Oscar se ríe, pareciera

que va a rozarlo para confirmar

su presencia: quizás el único no escondido

por sus sentencias oraculares, pero,

burlonamente próximo. Y yo, por supuesto,

tan lejano, como invitado a escucharlos

para, ya ausentes, repetirlos, cuando ahora

silencioso preservo mi juventud. Sin embargo,

la mano de Oscar queda suspendida

en el aire, ala sin freno, aún lejos

de la futura noche vulnerada. "Sucedió

hace ya medio siglo: en un salón

lleno de mesas, de jóvenes estudiantes

comiendo y discutiendo. Alguno

se paraba sobre una silla, ingenuo,

transformando el murmullo del diálogo

en ágora estruendosa. Allí la vi, sus labios

hacían gestos fervientes, hasta que yo,

encendido, me acerqué a decirle

que nadie podía saber lo que va a pasar,

pero de boca tan suave, sólo una praxis

sublime y renovada surgiría. Sonrió

y creí que había vertido en su oído

el veneno de un encanto que ella me devolvía,

multiplicado. Pero tenía un niño de la mano,

apoyando la cabeza monstruosa, que el cuerpo

se negaba a sostener del todo, en la falda

de tela escocesa de su hermosísima madre.

Entonces, no se rían, pues la juventud

es un misterio, aun la que creímos

nuestra, entonces, mi deseo se disolvió

en el aire tumultuoso de esa sala, junto

con el sueño del niño que me miraba

entre la gelatina de sus ojos

desorbitados. No todo, pues el fantasma

de mi propio atrevimiento me obligó

a amarla, en un rapto seráfico,

como si en esa sonrisa el arte - su natural

necesidad - de amar hallase el secreto

de una repetición incesantemente rítmica.

Platónico, o antes bien plotiniano, busqué

conocer su vida. Amigos, no todo el mundo,

supe después, puede ver, sólo el noble. Pero,

¿por qué quise conocer lo que había visto?

¿Por qué no disfrutar de su alegría

en vez de sospechar la sacra sangre

de su condena? Sí, entonces la belleza

estaba en todas partes y mostraba

el brillo de su filo que corta los hilos

cuando más resplandece. No, no fuimos

los primeros a quienes lo bello

pareció bello, nosotros, mortales

que no vemos el mañana." Se quedó

callado unos momentos, su vaso

fue alzado. Y al saborear el vino, parecía

que repasaba la certeza de sus citas

antiguas; la última, ante todo,

proverbio ya casi incomprensible. Luego,

los siete salimos a caminar por senderos

que bordeaban el arroyo. Nos detuvimos

frente a un estanque artificial, olvidado,

repleto de algas y de plantas acuáticas,

adonde Gustavo preguntó, representando

el curioso papel que él mismo dispusiera

para sus parlamentos, por la continuación,

por el principio cierto de aquella historia

maternal. Y Oscar, que descansaba

sobre un banco de mármol mohoso, dijo:

"un escenario demasiado romántico"; "o bien

modernista", agregué yo. Se levantó,

y caminando hacia donde el arroyo corría

libremente, accedió a proseguir su cuento.

"No me pregunten cómo, pero después

fui amigo de su esposo. Trabajaba

en una oficina pública, y decía estudiar,

sin mucho afán, historia, quizás llevado

por una contraposición inquieta

entre la rutinaria espera y el caos

de los mitos, que entonces todos

creíamos sobrepasar. Sin embargo,

en los ojos brillantes de la joven madre

se revelaba un anhelo que él,

cargando el indeciso presente de sus días,

nunca podría cumplir." "Una revelación

impertinente", dijo Horacio, "¿es posible

cumplir algún anhelo?" "Antes diría",

agregó Kuky, "que una madre y su hijo

ya son, para nosotros, inalcanzables".

"Nuestras palabras", volvió Oscar

a su relato, "¿no están hechas acaso

para suplir con abstrusas concepciones

la única claridad? Pero sigamos,

ya sin interrumpirnos con brumosas

divagaciones, en medio de esta siesta

que ninguna frase puede abolir,

así también, el vacío o la grieta

que vi abrirse entre ellos, nada

parecido al lenguaje, ni tan siquiera

el vacilante roce de los gestos,

se desplegó para cubrirlo. Yo,

asistía, morboso o compasivo,

era igual, pues el destino, si existe,

se mostraba cruelmente inexorable,

ante sus paulatinas diferencias,

entre la miseria de una pequeña casita

en un barrio mudo y el gimoteo

viperino del niño, complacido quizás

por las ventajas de la eterna disputa.

Un día, él se fue, y ahora

nadie sabe dónde está. Antes me dijo

que la había visto, una vez, besándose

con uno de sus compañeros. Hacía mucho,

y él quiso, silencioso, evitar el infierno;
aunque, según Dante, las llamas vendrían

de todos modos a quemarlo. Entonces,

supe el secreto de sus discusiones, pero,

¿no había acaso, antes, otro viejo secreto

que la llevara a ella hacia su beso

indetenible en su insignificancia? Amigos,

hasta lo más pequeño puede martirizarnos

y el más mínimo derroche, cambiar

la textura entera del mundo. Luego,

supe que ella no recordaba, tampoco

indagué demasiado, aquel beso ni aun

lo que dejó pasar. Durante noches

de encuentros fortuitos, la vi, siempre

con alguien diferente. Yo, enlazado

a mi amistad perdida, no hacía

más que preguntarle por su hijo.

'Bien, enorme', casi invariablemente

contestaba. ¿Sería más libre,

ese hijo sin padre y que debía

buscarlo en un desvanecido crepúsculo,

siempre? Su maldad se afirmaría

con el tiempo perdido de buscar

y no creí imposible que semejante

monstruo fuéramos todos; entonces,

depositábamos máximas como basura

en cada inhóspito cantero. Porque más vale

no creer a los antiguos poetas, dejar

que el escondido mutismo de ese niño

pudiera redimirse, sin saberlo." Goteaba

el agua de una piedra verdosa, enfrente

de donde estábamos sentados, escuchando

al mismo tiempo la dudosa voz

del viejo y la firme y constante,

siempre igual, del arroyo. El relato,

tan común y no por ello menos

incomprensible, ofrecía palabras,

acaso banales, para nuevas variaciones

acompasadas, que no dijimos. Diego,

que conservaba su anarquía como

un tesoro, dijo que el matrimonio no era

tan natural como los hijos. Y Oscar,

después de un rato, respondió: "el amor

es el instante, el matrimonio, definitivo".

Ya el aire soplaba su nocturno frío,

aunque el sol todavía nos condujo

hacia la casa. Parecía que al fin

la historia quedaría detenida

en una fábula sin desenlace. La tarde,

emblema sin motivo, invitaba

al regreso. "Esperemos", dijo Diego,

"hasta que Oscar nos diga qué pasó

o porqué prestó su voz, nuestros oídos

y esta reunión, a la melancolía

de esa lejana madre". Tomábamos

unos mates, apenas alumbrados,

en la sala contigua, junto a la galería

donde habíamos comido. Y Oscar dijo:

"Acaso nunca la hubiera recordado, yendo

en el ir eterno de mis anhelos, nunca,

si una noche no escuchara su voz,

que sostenía sus gestos y lanzaba

la belleza de un rostro certero

hacia el blanco centro de mi memoria.

Ella me dijo, entonces, balbuceante

en sus frases, pero mirando lejos

la segura vigilia de un escénico

retablo de su vida, que no dormía

casi nada, que cuando entrecerraba

sus párpados ajados, el hijo enfurecido

le mostraba los dientes, y ella

se levantaba espantada. Corría

al cuarto del hijo y se quedaba

mirándolo dormir toda la noche.

Después, por las mañanas, oía la voz

del padre que tarareaba en el baño

a través de una garganta infantil.

Como pude, me escapé esa noche, amigos,

de la evidente locura. Pensé, ¿por qué

no lo era antes? ¿De dónde vienen

tales tragedias que ya no pueden

ser creíbles? ¿Acaso su sonrisa delataba,

en su extrema hermosura, la imposible

oscuridad que la llamaba? Ahora está

internada, me dijeron, ¿en qué interior

de la textura de su rostro, plegada

sobre el vacío imperfecto de sus palabras

hasta que muera? No hay final

para esto que no tuvo principio."

"Pesada herencia para el hijo", agregó

serenamente Eduardo. "Si así fuera",

respondió Oscar, "el mundo no tendría

ninguna historia, y ya nosotros

estaríamos mudos". Todos vimos,

por las ventanas el oro desnudo

del atardecer hiriendo espacios

carmesíes. Ahora, siempre, medito,

cuando recuerdo, siete generaciones,

en la vana vacilación de despedirnos,

y el dolor, renovado, crece. Ruego

hacia la ausencia de ese paisaje

verde y rojizo, al brusco ruido

de grillos y lechuzas, a ellos

y a una antigua señora, que yo

esté aquí y que pueda cantar siempre.

MIMO PARA CUATRO VOCES

cuarta voz

No sé, en este caso, si un recuerdo,

quizá demasiado lejano, las ayudaría

a entender el principio de una fuga

que atraviesa la memoria de los hombres.

Toda huida recobra su real valor

cuando se intenta volver. Por eso,

regresé una vez al sitio, a la belleza

que dividía mi infancia de las palabras

del deseo incipiente. "El beso de las pobres",

llamé a la sonrisa cálida, repetida,

aunque en tono menor, a mi regreso.

Sentí otra vez el olor de los plátanos

que agitaban sus grandes hojas sobre mí.

Sólo recuerdo una noche, ella,

una chica de pelo oscuro y pómulos

tan altos que riendo resplandecía

todo su rostro mirando al cielo, ella,

se acostaba hacia adentro de una casa

oscura, en la entrada del jardín, yo,

sentado en un escalón adonde reposaban

sus piernas, la acariciaba con ambiguos,

sí, todavía demasiados, anhelos.

No piensen, chicas, que la escena,

si bien común, no esconde algún misterio

para mí inalcanzable. Habíamos salido

de una fiesta cercana. Mirándome,

desde el humilde pozo de sus ojos,

casi amarillos más que verdes, seria,

me dijo que yo no la quería, a ella.

¿Qué quería yo entonces? Ciertamente,

no ser yo, o acaso evaporarme

en el fresco aire de la noche estival

hacia ese barrio, ya perdido, dos

años atrás. Tan breve era mi vida

que no veía la unión de esas dos

irrepetibles fugas. ¿Cuántas veces todavía

degustaría el beso de las pobres, soberanas

que conocen el arte del olvido? ¿Cuán

alejado estaba, en mi diletantismo

doloroso, de saber que ellas no estaban

para ser amadas? ¿Para qué entonces,

me dirán sonriendo? Creo que para ver

en el deseo una forma del silencio

de sus cuerpos. Ah, pero ustedes,

hermosas pensadoras, quieren más,

¿no conocen el precio de sus labios?

***

segunda voz

Sus palabras silbaron en el aire

de la tarde en que se fue, chasquidos

de un látigo que golpeaba mis hombros.

No sé, chicas, si él volverá, pero

mis ojos no soportan aún el peso

de los adioses definitivos. Me dicen

que me escape, ahora, de mi sumisión

tan intensamente prolongada. Sé

mirar líneas quebradas a mi espalda

que hacia adelante parecen puras,

rectas en el inmenso abismo abierto

bajo mis pasos. Labios que ya no ofrecen

el brillo blanco de los dientes, sorpresa

me da verme detenida, esperando,

seria y callada, la vuelta de su voz

en la escénica repetición confusa

de mi memoria, como una esclava negra

aguarda el látigo del amo que la odia.

No puedo contarles más, todavía lloro

cuando llegan a casa las noches sombrías.

La ausencia de una presencia se parece

demasiado a la muerte, quizás me quejo

no en busca de un retorno imposible,

sino por el cansancio, las monedas

de mi joven deseo tiradas hacia fuentes

a las que nunca volveré. Amigas,

no piensen más por mí, no existen

palabras para cerrar surcos de sangre

en la piel de este cuerpo. ¿Olvidaré

cómo me abandonó, recordaré gozosa

los detalles imperceptibles de su amor? Sí,

no imagino el infierno, áspero y fuerte,

sino bajo la especie eterna

del arrepentimiento, gusano de odio

que me niega el olvido y me condena

a dividirme en dos. Mis piernas suaves,

cuando las rozo en la oscuridad,

se reflejan en el agua infinita

de los ojos que quisieron tocarlas;

y ahora están muy lejos del alcance

de nadie, se han vuelto las perfectas

columnas para el templo de mi llanto.

Su piedad, amigas, la de todos,

no salvará a mi rostro del suplicio

ni de malignas y leves esperanzas, ¿cuál

es el cajón de la pátina blanca

que me deje dibujar desde cero?

***

cuarta voz

No me pregunten qué hilo enlaza ahora

mis infantiles fugas con la helada

violencia del abandono, estos crujidos

de pasos sobre vidrios rotos. Yo,

entonces me encontré frente a una cara

jovencísima, que repetía otra pueril,

que sonriendo se escondía, la besada,

entre su pelo lacio, castaño, rodeando

la hermosura absoluta de una niñez

dándome las primicias de dulcísimos

labios. Me vi frente a la tristeza

que no me pertenecía. Bailamos,

sí, niñas, fue en ese mismo barrio,

y el tono de la escena las impulsa

hacia poses moderadas, pero entonces,

en mi distancia fría, mis manos

sintieron el temblor de su cintura

y ella, que esperaba algo más

de mí que ese mutismo temeroso,

sacó un pequeño llavero de goma

que aquel puño suavísimo encerraba, eran

cuatro letras pegadas, mayúsculas

en inglés. Las leí. Pero, ¿supe

alguna vez lo que decían? La soga

que hacía de su nombre, de su rostro,

una estilización del mío, de sus dientes

deslumbrantes, una sombría claridad

para mis breves versos nómades, dos

años la tuve al cuello. Y al fin,

les digo chicas, como es obvio,

no dije nada. Ese regreso, apenas

sospechado tras una grieta leve

en el oscuro manto de mis días,

no se cumplió. Pero aquella triste

chica que sin embargo sonreía,

pues sabía hasta qué abismos

me arrojaba su belleza, desapareció;

no para siempre, por supuesto, y luego

he soñado con la casualidad

de un encuentro. ¿De qué, alegre coro,

que me escuchan en silencio, de qué

me sirvió el amor de la más bella

adolescente que había visto nunca? Fui

en busca de otra religión, cuyo emblema

era el ícono polaco de aquel rostro

casi no recordable, a ella le rezo

con la impostación de una década entera.

Quiero que sepan, no se rían, que soy

el asceta minucioso que aquí ven

porque huí de la belleza suprema,

abandoné la perfección y me escondí

en el incierto misterio que desato

hoy para ustedes, no sin pudor ni estilo,

aunque acaso lo cambiara todo por saber

qué hubiera hecho de mí el destino

que me la dio, gozosa, si no me la quitara.

***

tercera voz

Escuchen algo notable, algo reciente,

no contado todavía, chicas, por otra boca.

Aunque adivinen lo que pienso, ¿saben

adónde fui esta noche, explorando

con alas invisibles su amplio reino?

Sentí, o imaginé, que me seguían:

las espadas de una mirada clavadas

en mi cuerpo, en mi pelo, dondequiera

que entrase. Cada bar, cada asilo,

un mar de fuego. Busqué entonces,

detrás mío, justamente, la marca

de unos ojos de agua. Era un niño

de diecisiete años. Le hablé y sonrió.

Tardó mucho en besarme, las yemas

cremosas de mis dedos habían rozado

durante horas en vano su antebrazo. Yo

tuve, hermosa obligación, que acariciar

sus labios y al fin calmé la sed,

apagué el fuego negro y las espadas

salieron lentamente de mi nuca. Fuimos

a mi departamento y lo dejé

creer que me embriagaban sus mentiras,

mientras caía la ropa al piso; ¿quién

era ese torso pálido, con el rostro

tapado por la remera que ascendía

como en una liturgia? ¿Por qué

decimos que me entrego cuando ansío

mucho más que una ofrenda? Después

vi en sus párpados bajos, las pupilas

giraban seguramente atrás, la desgracia

y toda la inconveniencia del placer.

Me dije que nunca más lo vería, pasé

un brazo por su pecho; amigas, su dolor

por el don inesperado, casi ensueño,

de un cuerpo hermoso, el mío, sería

la marca de mi sed sobre el arroyo

infatigable de su vida. Mis alas

me llevan donde quieren. ¿Puedo llorar

en ese océano ardiente, o debo

atravesarlo resignada y caer

una vez por semana? Hasta que al fin

encuentre el muro blanco, la escalera

y nadie pueda seguirme al otro lado.

***

cuarta voz

No podría decirles quién era entonces

ese niño perdido que buscaba implacable,

en medio del blanco estruendo, algo,

no una persona, sino una diferencia

secreta. Pero a cada momento

la volvía a perder, y hoy mi memoria

no distingue los hechos de las frases

inventadas para tender algunos puentes

sobre el vacío, o para rescatar

del lago del olvido, desde lo alto,

cuerpos ya irreconocibles. ¿Acaso

no estamos aquí juntos para hablar

inútilmente? Sí, aunque digamos cosas

y no palabras, pues ahora parecen

más ciertas nuestras voces, sus sonrisas

brillando cuando el ala del pasado

les roza los párpados, más seguras

mis palabras que unos objetos perdidos,

dolorosamente únicos, y desde hace tiempo,

casi en el preciso momento en que una flecha

nos atravesó con su presencia extraña,

convertidos en un mito que nunca,

ustedes lo saben, nunca tuvimos.

Confieso que en mi infancia construí

con mi mente un infierno, ¿y podré

hacerles hoy un cielo de palabras

visiblemente oscuras, ya apagadas,

así como del fuego de viejas estrellas

el azar hace planetas donde la vida

es una remota posibilidad? Si me escuchan

sabrán que una posibilidad, un balbuceo

guarda toda la belleza de un himno

a la variedad, y que ustedes están

más en mi voz que en esas sillas

donde se sientan con las ágiles piernas

flexionadas, flotantes las manos

que vuelan como signos para quienes

no pueden verlos, femeninas cortando

el sonido de sus voces, segunda laringe

que es quizás un indicio de futuras

maternidades. Pues, ¿quién, si no,

les dicta la oclusión a los infantes?

Preguntas vanas; tengo que despedirme

sin haberles dicho nada. Buscaba

lo primero que vieron mis ojos, ya saben:

alguien que se fue, de nombre impronunciable,

y que el olvido reemplazó desde un lugar

de equivalencias falaces; por eso el mal

no es más que una repetición imperfecta.

Lo primero que vi ya no era el fuego

de la estrella que alumbró mi nacimiento.

***

primera voz

Dicen que Botticelli buscaba sus modelos

entre las jóvenes embarazadas, rubias

con el vientre formando un ánfora delgada

a los tres meses. ¿O quizás sólo tenía

en su mente la imagen de ese cuerpo

que apenas duraba una semana, una ocasión

presente, en ciertas mujeres pálidas, casi

niñas y levemente tristes? O acaso vio

en ese cambio el cumplimiento

de cierta perfección, no sin motivo

pues yo la llamaría, no se rían,

la forma del destino. Y en verdad

en este instante algo me pasa

y toda anatomía, chicas, se hace incierta.

Ya nadie calma el peso solitario

de una transformación definitiva.

Siento a veces puntadas que se mueven

como un despliegue doloroso, pero,

¿qué placeres esconden, qué belleza

nace de este desvío de mi cuerpo

estilizado hacia una forma desconocida?

A veces, ante el espejo, inclino

un poco mi cabeza, miro mi piel

tensada hasta volverse transparente

y azul, y creo que Botticelli

vio el sacrificio de mi gesto, la caída

de una belleza inútil y flexible,

de la infancia ofrecida y terminada

por una sombra efímera de la espera.

Ninguna de ustedes sabe, convertidas

a la religión del movimiento,

cuántas palabras de quietud nos faltan

en las lenguas cortadas que nos hablan

para decir lo que me pasa y en mí queda.

***

cuarta voz

Ella duerme y el cansancio del mundo

se divide entre nosotros. ¿Será

el mismo que punzante golpea

las plantas de mis pies y que amenaza

mi memoria con la marca acuosa

de la inutilidad? Su sueño dulce

de otro cuerpo es mi áspera vigilia

sin fin. Pero no debo fingir, dos

nunca es mejor que tres, uno

se disuelve como la sal en agua,

como cero en la nada. Tres:

sueño, vigilia y espera muda

antes del aire, flotando en ella,

tercero para leer que ya no puedo

ser uno, dentro de algunos años,

no desdoblado por la muerte, sino

triplicado por su nacimiento. Aire

en vez del agua, que ahora

dicen que lo alimenta, ¿respiramos,

yo, la espalda partida, escribiendo,

ella, bucles castaños sobre el rostro,

durmiendo por todos nosotros? Llama

pues el ritmo nos une, grita

para que el silencio cálido nunca

desordene con su anunciación

nuestra espera discontinua de signos

vacíos, puros, del milagro futuro.

Solapa

Silvio Mattoni nació en Córdoba el 29 de noviembre de 1969. Licenciado en Letras por la U. N. C.

Ha publicado los poemas "Trabajos de amor perdidos", en Poesía, Último Reino, Buenos Aires, 1992 (que obtuvieran el Primer Premio del Concurso Nacional de Poesía Enrique Pezzoni); y El bizantino, Alción, Córdoba, 1994 (que obtuviera menciones en los concursos Luis de Tejeda 1993 y Régimen de Fomento del Fondo Nacional de las Artes 1993).

Publicó ensayos en las revistas Nombres, Las palabras de la tribu, y en los diarios Córdoba y La voz del interior.

Tradujo a Gilles Deleuze, Giorgio Agamben, Pierre Klossowski, Michel Foucault, Francis Ponge, Vincenzo Cardarelli, Pier Paolo Pasolini, Cayo Valerio Catulo, entre otros.



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